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Terra
La Coctelera

El receso terminó

Algunas personas conciben la desaparición de todo contacto público como un necesario viaje al centro del universo de si mismos, como me sucedió a mí por seis largos meses, donde desistí de cualquier actividad blogera por un buen tiempo. Otros por el contrario, deciden emprender un largo camino al Asia Central, al suroeste de China, a la empinada elevación del Tibet, para encontrar en lo máximo de su cúspide, donde falta el oxigeno, respuestas a preguntas que aún no se habían formulado siquiera. Hay quienes de otra forma deciden esconder y desaparecer su existencia dentro de una hamburguesa corriente, bañada en salsa tártara e inundada de todo el salado sabor de la cotidianidad. (Aún trato de salir de esas redes). Pero al fin de cuentas unas y otras son alternativas, unas y otras son acertadas desde la particularidad de la subjetividad. Pero en el caso puntual de mi receso: necesario, forzado, justo, oportuno, chiflado, lo cierto es que al fin se acabó después de 189 días con todas sus noches completas.

Para revivir de nuevo en el mundo de las letras, lo más sensato de mi parte sería comenzar el ejercicio blogero mencionando qué cosas de mi vida cambiaron, cuáles se estructuraron, cuáles se reafirmaron durante la ausencia de mis letras y el receso forzado. Pues me temo, me lamento, me adolece reconocer que pocas cosas de mi vida cambiaron del todo en mi receso de letras. Conocí por distraído nuevos lugares, me sorprendieron nuevas cosas y formas coloridas, me dormí más temprano de la cuenta, quise aprender a fumar, fallé en mi intento por embriagarme, probé vestirme con nuevas texturas, reafirmé el temor a las alturas, extravié unos pesos, me aquejó el alma y se me achicharraron algunos sueños. Probé nuevos sabores en nuevos locales, nuevos libros con autores iguales, algo de música distinta pero el mismo son. Me estrellé un par de veces, me levanté el doble de esas veces, decepcioné al infinito y de seguro no me alcanzará esta vida para saldar mis pendientes. Hice reír en cantidad pero sobrevino el llanto y lo superó por más de cien home run las rápidas lágrimas. Realicé menos de lo que soñé, ame menos de lo que merecían, lloré más de lo que origami practiqué.

Ciertamente cantidades de cosas de mí no cambiaron mucho en mi ausencia de letras, porque sencillamente no pueden ser del todo malas. Sigue mi gusto por las buenas letras, está intacto el ánimo que me roba el óleo y el acetato, no supero el agrado por el olor a verde ni las ganas de inflar globos de colores en días grises. Se mantiene las pendejadas que me distraen cantidades y que no superan el intelecto de una pie de manzana, continua mi progresiva pérdida de la memoria y mi motricidad no ha variado mucho. No cambió mi ritmo por el asombro y la magia infantil, continua tal cual esa idea de saberme libre de pecados y de culpas, sudándolas de perdones y de correcciones. Mi idea de Julieta es más grande que yo mismo, por eso ni siquiera pude contemplar mudarme de anhelo. Mis culpas siguen siendo arrastradas sin remedio porque esperan eso precisamente; remedio. Aún me sigue aquejando el talón de mi pie derecho, mi barba continúa su camino inexorable hacia las canas y mis entradas parietales hacen fiesta en cada ducha. El dulce sigue marcando mis días y pronto me llevarán a una irremediable diabetes. (Sería buena idea el coma diabético).

Se mantiene erguido ese brillo corneo por las ideas simples, por los chistes flojos y los juguetes feos. Aún conservo unos zapatos que me recuerdan que soy un tipo que anda mucho, vive cantidades y olvida poco. El deseo gastronómico por los escurridizos camarones sigue vivo y en ascenso y mis días de lluvia en la ‘Chapulina’ (moto) están ahí; inmaculados, inmarcesibles… Sin embargo; es necesario, justo, oportuno y de caballero, ratificar que muchas, cientos, quizá miles de personas merecen de corazón y de pecho mis más sinceras disculpas y mis más condolido perdón. Así que perdón por cada una de tus lágrimas que fueron para mí, sin merecerlo y desde luego, agradecimientos totales a cada una de tus sonrisas que marcaron el comienzo sostenido de las mías. Aparecí de nuevo, sigo aquí, pongo mi cara y mis letras y el pecho a lo que venga, que ha de venir.

Fecha: Jueves 19 de marzo de 2009.
Lugar: oficina Idea: Resolver el “ Rubick”
Antojo: una Ardilla
Color: Zapatos Amarillos
Anhelo: Llorar más seguido
Chisme: DMG
Música: Andre Rieu

De lo inevitable y lo opcional

Muy a propósito de haber tenido el placer cantinflesco de asistir esta semana a una de esas simpatiquísimas charlas donde: el yo puedo, el yo soy especial, el yo soy el mejor ser del mundo, el yo soy feliz y demás, siempre están a la orden del día.

Se me ocurrió que ese tipo de charlas tienen tanto de cuerdas como de chifladas, tanto de ciertas como de ambiguas, y desde luego; que como dice al fin de cuentas el comercial de Milo: la meta la pones tú.

Sin embargo lo cierto del asusto es que efectivamente hubo una frase que me revolcó todas las entrañas reflexivas y contemplativas de mi ser interno, una de esas frases que rebota en la sien y se queda en conflicto con la pituitaria y con todos los días de antaño. Me refiero a una de esas que el señor conferencista con figura bonachona lanzó sin preámbulos, en la querendona charla: “El dolor siempre es inevitable, pero el sufrimiento siempre es opcional”.

¡Zuas!, ¡Zambombas!, por las arrugas perdidas de mi abuelo Luis. El tipo: o tenía toda la razón del mundo, o era buen mentiroso, o sabía cómo embaucar caperucitas, o sabía cómo robar caramelos en una tienda de mascotas, o por lo menos la frase tenía todo de cierta y poco de cínica. Entonces el clímax de la charla llegó y todo se volvió un completo tire y afloje para el pecho. Videos que doblegaban las lágrimas que se contenían en pausa, testimonios de superación que rayaban en lo absurdo y hasta anécdotas de vida que lo hacían sentir a uno el mismísimo dueño del ticket ganador del baloto acumulado en cinco mil millones de pesos.

Se me ocurrió entonces que yo también era mentiroso porque cantidades de veces, por no decir la mayor parte de mi tiempo despierto, mis días los siento y los vivo con una extensa sonrisa de caricatura tonta. Voy por ahí en la vida con la sana idea de disfrutar de cada quien, con todo el imperio de los sentidos, tan receptivos como esos paneles ubicados en el universo, que registra todas las señales minúsculas de cualquier idea de organismo viviente. Soy tan pendejo como cualquiera, tan sonriente como un idiota, tan absurdo como la publicidad de Mtv, y tan simple para no dejar la sorpresa del asombro cada mañana.

No sé qué carajos es en realidad la felicidad total, absoluta, única, pero en cambio sí sé que carajos es la infelicidad de los días grises y tristes, pasados de piña en salsa mostaza. Días en los que huir por entre arrebujes de mate caña es la salida, días en los que pegar el espinazo al ombligo en cuarentena de pan es una idea constante.
Por eso no me queda más pecado que saberme con la dicha del goce y el derroche del pecho en alegría. Brincar, saltar, sonreír, llorar, abrazar, ser abrazado, ganar y perder. Soñar y ser soñado ser odiado pero también amado.

Sin más palabras porque sobran, no queda más que decir que: “Gracias totales” a todo aquel que pasó por mi vida y me lleno de luz el alma, de amarillo los ojos, de azul la piel y de blanco las ideas. Me hicieron menos infeliz que las hamburguesas de presto.

Septiembre 9 de 2008
este mes me gusta porque es dulce y me recuerda un piano
oficina, con los días en construcción.
Mejorando ideas y estableciendo equilibrios
Con un salto y un remate cruzado de vóleibol
Antojo de frío y pecas.

¿ Quién dijo odio ?

Nunca he sido un hombre de odios ni de rencores tabernáculos, oscuros y malignos; pero como hace de falta sentir uno de cuando en vez: atesorarlo, llevarlo a todas partes, hacerlo un hijo bobo y un tamagochi cursi. Pero hasta mis odios, que desafortunadamente han sido muy pocos en la vida, también se han hastiado de mí. En el pasado odié con vehemencia y carnicería a un zoquete que no me había hecho nada más en la vida que librarme de darle más pesadillas a alguien que trató, infructuosamente, de ser siempre una luz a mi lado. Hasta que entendí que no debía odiarlo a él sino a mí por permitirme que todo fuera.
Creo que el mal misterio radica en que soy en esencia esa clase de tipo al cual se le puede dejar plantado en el atrio de una iglesia, luciendo traje Valentino y todo, y saberlo enojado sólo en lo que tarda en llegar la maravilla del derroche y el goce.

Soy la clase de tipo al cual se le puede echar la policía en una madrugada lluviosa, intimidar con un guardia de seguridad de cualquier calaña bancaría a la hora del almuerzo, amenazar con dos encapuchados armados con filo de navaja y aún así zuas… siempre pasa lo mismo. Que mi facultad de odiar no aguanta para tanto; aunque debiera, porque es de lo más horrible desembarazarse de lo que pueda ser más parecido a un odio y luego andar por ahí comiendo camarones y hamburguesas con carne de mala reputación, sintiendo el vacio, la usencia, la carencia que dejo el odio que se extinguió irremediablemente con los días tristes y que ahora es un vacio, una nada. Prefiero sentir un odio idiota dentro que no sentir nada.

Cuando un odio, si lo tengo, se me ha muerto, trato de arraigarme en un buen recuerdo que se haya ido sin más ni menos, con el ser que lo produjo. Así siento que sería cortes de mi parte hacerlo responsable de mi nuevo y recién nacido odio, porque es necesario que pague por haberme arrebatado de la vida esos días tan blancos y divertidos como el goce y el desplome del helado. Entonces tengo millones de nuevos recuerdos que se han llevado sin mi permiso, que me los han pateado con la certeza de saber que me lo merecía, pero que de igual manera no me alejan de sentirlos míos.

Odio cada recuerdo bonito que alguien se llevo sin mi permiso y que lo escondió en la repisa donde siempre se niega todo. Odio recordar que alguien se pegó de mi espalda en la velocidad por lugares inhóspitos llenos de piedra y polvo amarillo. Odio que alguien me haya cuidado tanto que hasta un tinto me quedara grande si su consentimiento. Y odio todos esos recuerdos que pueda recordar, porque son la base de un nuevo odio corto e infantil que morirá justo antes de nacer.

La verdad es que intento odiar, intento saberlo hacer. Hay gente facultativa que nace con ese sabio y abyecto instinto irracional. Pero yo no puedo hacerlo porque todos mis odios mueren al primer guiño, al segundo abrazo y a la última sonrisa. De modo que para todos aquellos que saben odiar con honor, a todos los que en algún momento les haya causó dolor, sepan que aquí encuentran el intento y la comprensión de un sujeto mata chivas que tiene presente que en cada odio siempre existe algo de eso que un día fue en su totalidad amor. Por eso quiero odiar de nuevo.

Es por eso que Intento satisfactoriamente tratar de encontrar paz en mi vida con actividades y situaciones, por demás inexploradas, con algún sentido mínimo de la constancia y la seriedad adulta. Es así como traicionando mis más de doce años entregados al baloncesto recreativo y profesional, ahora se me ha dado por practicar el voleibol de manera competitiva. Que vergüenza, pero la verdad es que nunca imaginé que podría encontrar algún tipo de placer celestial al elevar mi cuerpo, encoger mis piernas, estirar al límite mi brazo, afirmar mi palma e impactar el balón en movimiento contra el campo de juego del equipo rival. Es más; jamás me imaginé que pudiera hacerlo bien.

Pero ya ven ustedes, sucede tal cual y la paz que se obtiene es distinta pero igual de pura. Los entrenamientos parecen agotadores, ya saben que no tengo del todo un carisma apropiado para eso de ser constante y disciplinado con algo, porque todo el tiempo algo más o menos interesante me roba siempre la atención. Es más, eso debería entrar en el catálogo de afinidad sentimental. Porque si te preguntan qué signo zodiacal eres, cuál es tu plato favorito, qué color te maravilla, pues también deberían preguntar qué tan atento eres con las situaciones sentimentales. Pero ya ven, de nuevo, siempre hay alguna chica cocodrilo que olvida preguntarlo y no se advierte que le será imposible lidiar con esa pelota.

Por eso es que el grado de paz que busco, producto de un odio que se fue y me dejó un vacio en la boca del estómago, da para todo. Que algo de buen cine está bien. Que el origami es una milenaria tradición oriental que confronta el alma con el ser, entonces ahí vamos haciendo figuras que dobleguen mis demonios y sensibilicen aún más las yemas de mis dedos. Pero la noche llega y todas las preguntas que hicieron pausa en el día están acumuladas en la ventanilla de reclamos, tengo sobre cupo, pero siempre la seria intensión de hacerme el idiota para no recordar que lo soy.

Agosto 9 de 2008.
En mi cama
En el apartamento
Con el aire artificial de un ventilador
Con la mirada en el techo y los antojos de conciliar el sueño por más largo tiempo
Una sonrisa de piano toca una melodía triste
El aire se hace pesado
Una fresa me llena los labios
La piel quiere dormir

¿Qué duele más que el vacío?

Dibujo inspirado en un desparche de lapíz y papel

La desdicha y la desventura, la infortuna y los pesares siempre han sido parte lateral, frontal y occipital de quienes estamos y andamos por ahí, como quien no quiere la cosa, aunque las cosas queriendo y uno ahí: inmerso en el complejo escenario guerrero de resistir impávidos las embestidas más absurdas y mamagallistas de todas; la vida disfrazada de destino.

Por eso algunas situaciones sorprenden sobre manera el carisma, abruman de perplejo el alma, nos congelan estupefactos el ser diminuto que nos gobierna el estómago y hasta nos desgarran la piel de tamaña sorpresa; y aunque ese es el truco esencial para bailar mejor el tango del día a día, no deja de doler en el sentimiento melodramático bobalicón de cada quien.

Me duele cantidades cuando los grandes almacenes de cadena de la ciudad promocionan su descuento del 30 % en mermeladas de feijoa y no tengo un peso para hacerme a unas tres cajas de esas, para obsequiar en iglesias y despachos municipales, haber si pueden tragar su misma esencia.

Me lastima enormemente el pecho cuando después de un acto circense mi estomago, en cuarentena, logra resistir un par de osadas peripecias de la madre economía, y por fin puedo tener en mis manos, cerca de mi boca y papilas gustativas, ese sandwich de cordero que tanto me gusta y aparece en la distancia irrumpiendo en mi cuadro un vengador, un guerrero celta, un jefe samurai, u n vendedor de andén, que le pone el pecho a la vida con un cajoncito malogrado de golosinas, soñando otro mañana.

Me destrozó el pecho compartir minutos, coincidir en día, ‘casualizar’ en lugar, sincronizar en menú con una parte bonita de mí que se volvió vacío inexorable: yerta, con luz pero sin magia, con magia pero sin luz, con sonrisa pero sin chispa, con nada más que brillo corto que no alcanza para más que una veladora de cena corta. ¡Que triste!

Me doblegó el entusiasmo reprimir mis ideas futuras y prósperas, por sentar pies en ramas donde las raíces son tan fuertes, que sobre salen de la tierra y si me descuido me arrasan la vida con su abrazo de sombra, porque no siempre el árbol que más sombra da es el que más frutos da.

Me apachurró la piel saberme tan enfermo estos largos y últimos días; tedio, jaqueca, sordidez, sombras, fiebre, desaliento, rasgadura de sabanas y costillas; logró menguarme los alientos y recluir mi mano derecha en un zaping obligatorio.

Me corroe la mente y las ideas anidar sin desearlo, un rencor y un odio mongólico que apenas se acaba de estrenar, que a duras penas trata de acomodarse a un idiota como yo que jamás concebía siquiera la idea de saberse conquistado por un solo demonio negro y sin cabeza; sin antes brindar una sola resistencia.

Todas, absolutamente todas, las arremetidas y embestidas del destino en salsa con el azar, han sido vanas al lado de una sola; una que vino tan hace poco que no se ha ido, una que vino del último lugar, del rincón más escondido, del túnel más transitado: una que atravesó sin una sola letra un mundo que conoció gracias a que una vez érase el amor pero tuve que… matarlo.

Oficina, 8:50 a.m, 23 de julio de 2008
Unab, traje de viernes,
Pies de tenis, manos de artista,
Dibujo casual, abuso de lápiz, un solo
Deseo y dos ideas para el futuro.

Los días también se mascan

Muy deschavetadamente considero que una de las actividades más extrañamente deliciosas sobre las faz de la tierra, es ese momento magistral en el que algún sabor cándido y mágico rebosa de alegría las glándulas gustativas y salivales. Como pudo alguien sugerirlo alguna vez: tomas una o quizá dos ‘gomas de mascar’, la colocas justo en la punta cuasi angulada de tu voluntariosa lengua, la escondes en acto reflejo y la llevas a las cavernas inescrutables de tu boca. Ahí pasa toda la magia y el truco similar a pajarear por la vida con el mejor de los gustos; el imperio de los sentidos.

El dulce sabor que desprende la goma en tu boca te lleva por parajes coloridos, llenos de remembranzas y mundos a imagen y semejanza de ese diminuto personaje entrañable que fuiste de niño, por eso resultan tan irremediable el acto sensato del adulticidio cuando sientes el sabor en tu boca. Mascas y remascas, paseas por toda la extensión de la boca la goma de mascar, tratando al máximo de disfrutar la mayor cantidad posible de su saborica esencia, llevando al límite el sabor; fantaseando con que no termine jamás y, de ser necesario, anidas con fe la idea que nunca podrías cansarte de mover tus mandíbulas.

Lo impajaritable de la cotidianidad, y es ahí justamente la dulce comparación, es que basamos y concebimos toda nuestra propia e individual percepción de lo vivido en la misma acción que pareciera medio tonta, pero que al fin de cuentas engaña los sentidos. Exactamente hacemos lo mismo: revoloteamos por la vida; de aquí, de allá, masticando los días, llevándolos de un lugar a otro, evitando que su sabor se extinga. Conocemos aquí, lloramos allá, reventamos tal cual en aquel cine. Nos escudriñamos en algún bar, en la habitación de alguien más perdido que uno, detestamos la comida chatarra, añoramos un abrazo dulce, una mirada cálida. Leemos en las noches, hacemos llamadas sin sentido, miramos nada que valga la pena y hasta esperamos un buen gol de algún equipo ibérico que nunca hemos apoyado.

Masticar y rumiar parece ser el eterno ejercicio del buen gusto del sabor de una goma de mascar y de un día como cualquiera, que prometa no desaparecer antes de que venga la mirada extraviada de alguien que quiera juzgar la pertinencia, razón, motivo y ganas en las que existes. Sobre todo; en la que masticas tu trozo de vida, tu goma de mascar, tu chicle mentolado, tu días trentones y la idea de querer llegar al final de día con un solo argumento: … seguir soñando lo que más se desea.

Oficina, jueves 26 del sexto mes.
Mucho frío, algo de tinto, el pecho en
Calma, mirada tranquila y mucha fe en todo
Lo que ahora ya empieza a parecer.

Tan factible como un chiste flojo



“Le dije a mi corazón, sin gloria pero sin pena, no cometas el crimen varón, si no vas a cumplir la condena”. A. C


Creo por estos días de cumpleaños (para entrar en los anaqueles de la exactitud, es hoy) que la trascendentalidad innecesaria tiene la facultad de, cientos de veces y en lugares insospechados, ser nada más que eso: superflua, tonta, saturada de suspiros impúberes y por demás, mamerta en lo que respecta a la retórica cotidiana de los días; basada en la simplicidad del viaje rápido, la comida al instante, las imágenes en plasma y el aliento contenido por el sabor de una cerveza. De modo que sobra el más allá del aquí. Es redundante el minuto después del que acaba de irse frente a mis narices. No es justo gastar de esa manera la energía que hace falta para volver a tener fe en los días.

Quizá sea por el hecho de ser un año más de vida, que a la postre se vuelve un día menos, lo que me hace desencajar en este preciso momento mis ideas perdidas y factibles. Quiero dejar de buscarle las ideas a los diez mil sinrazones que van y vienen por ahí entre mis cachivaches, como quien trata de encontrar entretención. Ya dejó de ser divertido monologar con la astucia innecesaria de un infante frente a la pecera. Ya no me caben más ideas en el escaparate de aquel viejo planeta que recorro a diario. Un planeta unipersonal, sábelo nada, con autopistas ideológicas, con pasadizos verbales que me llevan a ninguna parte.

Pensar con duda y asombro me hartó. El exceso es tan bueno hasta cuando empieza a ser letal para el pecho que se compunge con la rapidez del polvo de diamantes (yoga, caballero Cisne). Sigo yendo y viniendo de extremo en extremo, sin reparos y sin restricciones. Hoy muero entre las ideas perdidas de una enraizada fantasía: que canta y baila con los ojos de Julieta, mientras ayer sucumbía con el luto de una esperanza que se ahogó en el fango de mis sombras. Mañana de seguro ha de ser otro el extremo que me lleve los días; quizá a una playa nudista de ideas, tal vez a un risourt donde el único delito sea pensar, o a lo mejor, mi extremo de mañana sea escribir me obituario de pasado mañana. Vaya uno a saber cuando se cae uno de la rueda.

Por ahora; lo más sano y sensato es purgar con dignidad mi condena, porque el crimen ya fue, así no haya paloma. Es una instancia que me debo como ser o no ser, esa es la cuestión. Así que espero algo de torta (plop), un largo silencio, lleno de calma y de… sin palabras… ¡sería estupendo!

Abril 17 de 2008.
A mis treinta…
Camisa manga larga linda
Despeinado
El trabajo abruma
Me avergüenza la fecha
¿Cuál sería el mejor regalo hoy?
¿Alguien ha conseguido el sueño con los
Ojos abiertos?
¿Cuánto me durará la próxima esperanza?
Beso en pausa…

De las mariposas a los roedores

Bueno; para empezar no sé si ofrecer una excusa por haberme alejado un buen tiempo del marco hermenéutico de las letras ocasionales y distraídas en este blog, pues desde el pasado mes de octubre, cinco meses atrás, no había posteado nada, no por falta de ganas de historia sino por exceso y abuso de las mismas. Aunque ahora que me lo pienso bien, ¿a quién carajos habría de pedirle excusas si mi único lector es un desprevenido yo mismo? Pues bien; la vergüenza se pierde y se adquiere como los botones promociónales de las campañas publicitarias de “coca cola” o de “milos cacaito”, y yo siento que debo comenzar, más que con excusas, con explicaciones.

El último texto que publiqué con el nombre de ¿Cómo cazar mariposas de noche? Prometía un buen número de sucesivos capítulos: todos llenos de aventuras, drama, novelas rosa, sexo flácido, deudas y cachivaches por doquier. Pero como uno jamás deja de sorprenderse y la imaginación siempre ha de superar a la verdad y ésta a su vez a la ficción, pues ni modo, esos capítulos se truncaron en el camino de lo real y lo incierto; al punto que dejaron de ser, de repente, de mi creativo interés y se evaporaron, como “Ramoncito”, el mancito ese de dejémonos de vainas. ¿Alguien sabe qué pasó con ese parce?

De modo que he vuelto (¿por cuántas veces más volveré?, ¿hasta cuándo más durará mi inmortalidad?) a enfocar el único escape gratis que tienen mis pensamientos desocupados; que a veces se tornan oscuros y enfermos, cansados y existenciales, como fúnebres y sangrientos: las letras. Es así como he decidido pasar del magiquísimo revoleteo technicolor de las mariposas que vuelan con semejante gracia tan mamerta, que me seduce los días infantiles, al extraño y pendejo hormigueo que ocasionan los sonidos del roedor sagaz que roe con sus diminutos dientes dentro del alma. Imaginé entonces que uno de estos escalofriantes, para algunos, pero indefensos seres de la noche y los rincones; seres de extremos bigotes y mirada cómica, sería más lúcido que muchos zoquetes con los que me he cruzado y que conozco.

Ahora bien mis apreciados husmeadores de éstas letras, todos tenemos tanto de roedor que no deberíamos ni mostrar susto ante la presencia inesperada de uno de estos ejemplares, incluso algunos quizá, las opiniones son variadas, tienen (¿tenemos?) más de rata que de ratón, pero al fin de cuentas hacen los mismos sonidos cuando roen el pan añejo en la alacena de la abuela. Entonces si el señor Andrés Calamaco dice que hará la que hace el salmón, si Fito Páez con su mariposa technicolor, si Silvio Rodríguez con su unicornio azul, si el Joe Arroyo busca su tortuga debajo del agua, si Roberto Carlos observa el gato que está triste, si el Binomio de Oro tiene su osito dormilón, si el mismísimo Juan Luís Guerra quisiera ser un pez, para nadar en tu pecera, y hasta el caique de todos los guaros parranderos Diomedez Díaz tiene sus propios miaos de tigrillo y su pobre paloma, zio, zio, que ya ni se asoma. , ¿Por qué carajos yo no tendría mi roedor?

Entonces desde hoy quizá haré la que hace el roedor: con sigilo observa, espera con calma detrás de una guarida, camina con patas firmes pero silenciosas, acelera el paso en la huida, comprende todas las rutas de escape, no se confía del queso gratis en la cocina; esquiva escobazos, interpreta el pan envenenado, come a poquitos pero rápido y alerta las galletas en la mesa y se hace de la noche y el sonido mudo el amo irrefutable. ¡Esa es! Haré la que hace el roedor, crearé mi propia Disneylenadia, seré mi propio Mickey Mause, mi propio mi propio Jerry… ¡Yija!

Bucaramanga, 12:15 p.m.
Segundo día de abril
Oficina y pensativo.
Sorprendido y en silencio
Pensando en lo correcto
Con ganas de sorpresa
Encendiendo una luz
Arroz a la valenciana
Jean ajustado
Escote pronunciado
¿Hace mucho frío?
¿Cuántos rezos?
Un ratón me hace ojitos

¿Cómo Cazar Mariposas de Noche?

Novelilla demasiado breve, en primera persona

Episodio I

He de reconocer que nunca he tenido perfectamente claro cuándo es el punto justo en algunas cosas, como sí en cambio lo tienen algunas de esas matronas vegetes cuando preparan algo tan simple como el arequipe; que el punto determina el grado de suavidad y exquisitez del dulce producto. En cambio; amí por miparte no me queda más que tenerla justo al lado mío, en un cuarto sin remedio, resignado y sombrío, con su aliento inundándome toda la vida y la nostalgia que merece no ser más que mía. Ella se para de un salto y enciende la luz con la velocidad de una bala perdida, la cual sé de sobra… muy en el fondo espera que se aloje en alguna parte de mi pecho, porque no soportaría ver sesos salpicándolo todo; le recordaría la sopa de menudencias que tanto odia. Yo por mi parte tapo mis ojos de inmediato con mi antebrazo, aprieto fuerte contra mi rostro para provocarme auto oscuridad, mientras no dejo de escuchar en mi mente un delicioso y delicado violín infantil. Entonces mi oído, como por arte de milagro, se desarrolla en cuestión de milésimas de segundos y es capaz: con pelos, señales, cicatrices y movimientos, de recrear todo lo que, a oscuras para mí, está pasando en el cuarto. Y ahí está, casi la puedo ver caminar en desorden, como animal en cautiverio, por todo el cuarto, si algún desorden se lo permite, desde luego. No me cuesta ningún trabajo intuir que en estos momentos ha de parecer un salvaje felino, una felina que con la presa en sus fauces aún no deja de rogodiarse de odio y ferocidad. La victoria es suya, porque la presa muerta yace acostada a su costado y sangra de muerte; lo sé de sobra porque yo soy la presa. Siento como aún su indómita fuerza felina desea más violencia. Con rugidos onomatopéyicos insiste de nuevo en una corta y nueva batalla, pero mi inminente invidencia pasajera se rinde y suspira una invalidez. Mi oído desarrollado ya siente un silencio más oscuro que el que me auto proporciono con el antebrazo. Entonces decido retirarlo con cautela y despejar mis ojos. No me equivoco. Aunque no abro del todo mis ojos sé que ya todo está a oscuras nuevamente allá afuera, porque la oscuridad, como el silencio, se siente en la piel y la nariz, como un suave desaliento. Su respiración felina se calma con algo de remedio, mientras mi cuerpo tijereteado por sus garras apasionadas encuentra al fin algo de inmerecida paz… z… z… z…z… z…



Episodio II

Aun no logro despertar del todo con los rayos de la mañana y ya me parece que su velocidad y furia felina han mutado, en el transcurso de la noche, en el estridente cantar mañanero de un gallo atropellado por la tuberculosis. En la distancia ese cantar, o su cantar, no logro distinguirlo bien, me empieza a traer de vuelta al desvelo emocional de los últimos suspiros. Mi cuerpo no consigue un solo aliento para lograr ponerme de pie, pero ya se lo piensa. Antes de tomarme más de dos espacios cortos para sacar resuello y seguirlo pensando, un malandro escuálido y peludo parece haber notado mi falta de ganas, porque con agraciada grosería no deja de revolotear su asqueroso trasero, oloroso a mortecino fresco, cerca de mi rostro. El salto de mi esqueleto es instantáneo, como también el deseo infinito de quietarle la vida a ese desgraciado canino de poca monte. Ya estoy de pie. Con las motas de la cobija aún durmiendo en mi frente. Mi pelo, que a veces cuido, parece una pelea de micos contra gatos. La barba parece tomar la delantera en lo que ha de ser otro desalentador día. Ella, felina, en medio del sueño parece tan frágil e indefensa, pero no me confío del todo; esa es una de las habilidades más letales de estos hermosos animales cazadores: seducen, atraen, pero su velocidad y olor a muerte no disminuyen con la calma; sólo dan fe de un nuevo golpe por asestar en cualquier momento, incluso en el menos… pensado. Mis ojos se marcan vencidos en un espejo, mi boca se inunda de crema dental, mi oreja derecha no percibe que ya estoy despierto y que ya medio deambulo por ahí. Mi ombligo amaga con retorcerse por el frío del agua que sale de la ducha. El laberinto se cierra de nuevo y se hace indescifrable, y como en los circos pobres, los payasos encuentran su traje en sólo unos segundos antes de dar otra función triste. Mi rostro no tiene colores ni sonrisas dibujadas, pero la función matutina a penas está por empezar. Tomo distancia para huir a lo laboral que debo. Levanto la mirada hasta reposarla en el balcón vacío. Felina parece leer mis pensamientos y asoma sus sigilosos ojos. Entonces; hace una mueca de gatita dulce que me hace entender que no me ha cazado aún… sólo me deja jugar a su antojo con la bola de lana que ella lanzó.


Esta pequeñísima novelilla promete extenderse, por entre la ficción, por lo menos, en VII o más capítulos, bien sea el humor creativo de quien les escribe. Y desde luego; todo de pende de qué tan rápido me acaba una felina cualquiera…

¿Alguien ha visto volar una mariposa en la noche?

¡Me pareció ver un lindo gatito!

¡Esa manzana me lleno el alma de verde!

El sueño me vence…

¿Les parece sexy los felinos?

¡A mí si!

¿Cuánto tardaría un felino en comer un sueño?

¡Cada quien pinta lo que quiera y como quiera!

¿Tiene más cara de ficción la verdad?

Ya me venció el sueño…

Ahosh….sh…

Ahosh… sh…

10:40 de la noche

Ahora me acuesto con las gallinas

Y no soy gallo fino…