“Un hombre ocioso es, casi siempre,
compañero de juegos del diablo”

Estas letras, de las cuales a continuación me desembarazaré, están dedicadas muy sentidamente a mi madre y a mis dos hermanas; porque jamás se enterarán que yo escribí esto. Cuando yo me levanté esa mañana de diciembre todo parecía estar en completo y absoluto desorden normal. Mi madre desaliñada en la cocina, tratando de amasar un poco de harina mojada para sorprendernos con las mismas arepas de hace quince años, mis hermanas y yo medio acicaladas, veleteando por toda la casa con nada más que un viejo camisón de mala tela; con el rostro trasnochado y aún manchado de maquillaje, despelucadas, y con el aliento intacto al hedor que aún se guardaba de la noche anterior; porque nos gustaba hacer pereza para retardar el cepillado de los dientes.
La música, que sin reparos entraba muy temprano esa mañana por todos los rincones acústicos y no acústicos de la casa, presagiaba un día más de fiestas propias de fin de año, de noche buena. A todos los de la casa; mi madre y mis dos hermanas, una mayor y la otra menor que yo, la música siempre nos alentaba el entusiasmo y las ganas de revolotear por todas partes, al vaivén de los sonidos propios de las canciones decembrinas, y de una que otra canción de moda. En el día de noche buena no existía para nosotras afán de nada y para nada, no había ningún pendiente; más que el de permitirnos festejar con alegría que esa noche sería noche buena, esa era una de nuestras dos únicas tradiciones. Todo sucedía esa mañana al ritmo propio del día, como solía suceder siempre en casa todas las navidades cada año; con sonidos únicos que nacen de la mezcla en el aire de diversas canciones y ritmos, como un collage de alturas tonales, de timbres y bajos, de agudos y brillos. El ruido estridente y el olor inconfundible de la pólvora mañanera lo impregnaban todo con su eco de alegría; como si fuera la comulgación del espíritu con la fiesta. Todos en casa, sin excepción alguna, reíamos, bailábamos y olvidábamos los por menores que entristecen, en algunas ocasiones, el entusiasmo de la navidad; como el hecho de no contar con el dinero suficiente para algunas compras propias de las fiestas: que algo de pan francés fresco, que un pernil jugoso de pavo, que capón relleno de ciruelas, o a lo mejor; algo de ensalada agridulce, acompañada de cuadritos de papa cocida. Muy a pesar de todo le buscábamos el lado amable a las cosas que parecían no tener amabilidades, porque simplemente mi familia era muy descomplicada y simple, como los palitos de yuca frita; deliciosos pero simples. Hasta recuerdo que ese día hicimos de tripas corazón con algunos insistentes y prestos cobradores, que veían en el día de la noche buena el mejor pretexto para cobrar, y nosotras, el mejor pretexto para no pagar. Es más, ahora que caigo más en la cuenta, recuerdo que hasta mi madre, ese día después de preparar la arepa del desayuno, muy animada le encargó a doña Hortensia, la vecina, un par de pasteles de pollo que nos mimara el estómago y nos amenizara nuestra esperada tarde de ocio y domino. Actividad en la que nos sentábamos en la entrada de la casa, en la verja; tirando fichas y bamboleándonos como de costumbre en las mecedoras Momposinas. Tarde que se suponía debía llegar como las de siempre; muy normal y en la algarabía propia del juego de fichas.

Esa mañana del día de la noche buena, después de terminado el desayuno, a eso de las nueve, resultó muy inclusive la idea de mi hermana menor de trabajar en colectivo; como un sólido y verdadero equipo familiar, para redecorar y reorganizar a voluntad toda la casa. Idea que con extrañeza no disgustó en lo absoluto a nadie en casa, supongo que por la fecha, porque a decir verdad; si hubiera sido en otra temporada no habría tenido un solo voluntario. De modo que sin más espera, que la de acomodar un CD de villancicos navideños en el equipo de sonido, comenzamos con todo lo que sería el aseo general y definitivo que le daría la bienvenida cálida a la noche buena, que ya estaba a sólo pocas horas de llegar. Yo mencioné de entrada que los muebles de la sala ya no iban más con esa distribución asimétrica, de igual manera mencioné que el cuadro del cristo en crucifixión que teníamos como adorno de una de las paredes de la sala, tampoco iba más ahí. Mi hermana menor se contagió de la idea de cambiarlo todo y también recomendó que el comedor dejara de ocupar toda la entrada a la cocina, y, por supuesto, mi hermana mayor también adjuntó la iniciativa de poner nuestro modesto árbol de navidad un poco más cerca de la puerta principal. Todas las sugerencias fueron atendidas una a una por todas, y entre barridas de aquí para allá, movidas de enseres de allá para acá, trapeadas irregulares y monerías por doquier, dimos comienzo al aseo general que le daría la bienvenida pulcra a nuestra noche buena en casa. Esa era la otra costumbre que teníamos en las fiestas de fin de año. Hacer un buen aseo general.

Mis dos hermanas y yo nos hicimos cargo del aseo general del interior de la casa, exceptuando el de la cocina, pues de ese se encargó mi madre, y la verdad es que, aunque mujeres, las tres le teníamos un pánico horrible a tocar el piano en la cocina. Así le decía mi madre a lavar la loza de la cocina y a dejar todo como una tacita de plata; brillante y pulcro. Cuando nuestros esfuerzos de limpieza en conjunto al fin se encontraron sincronizados y armonizados, fue sólo cuestión de acomodar por aquí un par de ramitas de espiga de trigo en un florero, como agüero para la noche buena, unas cuantas uvas verdes que habían quedado de un reciente desaliento y desmayo de mi madre por allá, en una bandeja metálica, y ya todo estaba finalmente listo. Entre ires y venires así nos dio alcance el medio día; con toda la casa limpia y reorganizada, oliendo toda a limpio y a zampíc floral. Esa era nuestra segunda tradición para el fin las fiestas de fin de año. Entonces fue cuando mi madre anunció, con total convencimiento, y con voz de matrona, que a ella le daba mucha pena con nosotras, pero que no se metería a la cocina, no prepararía almuerzo ese día, que comeríamos de almuerzo los pasteles de pollo que ella le había encargado a la vecina Hortensia, y que ella se retiraría al cuarto a descansar. Recuerdo que ninguna de nosotras tuvo alguna objeción a su comentario, porque todas terminamos cansadas y ninguna quería preparar nada en la cocina, de modo que así fue. Efectivamente la vecina Hortensia hizo su aparición momentos más tarde en casa, con los cuatro pasteles de pollo, pasadas ya la una de la tarde, de modo que yo decidí recibirlos y acomodarlos enseguida en el fogón de la estufa de la cocina, dentro de una olla grande. Creo que en ese momento el hambre apremiaba con urgencia, sobre todo; porque la hora de ocio acostumbrada para jugar domino en la verja de la casa, con los demás vecinos, ya se acercaba y no era alentador empezar a jugar con el estómago vacío, y menos si nos maullaba como un gato en noche de luna llena. De modo que aprovechando que los pasteles de pollo se calentaban en el fogón, mis hermanas y yo emprendimos una carrera maratónica por bañarnos y cambiarnos rápido, cosa que pudiéramos almorzar muy limpias y estar listas al llamado puntual del juego de domino con los vecinos. El domino era una actividad de ocio prácticamente inamovible en nuestra cotidianidad, inclusive; más importante que el sueño breve del medio día, porque precisamente, ahora que recuerdo mejor, ese día no reposamos el almuerzo como de costumbre, con un breve sueño, de solo pensar en las apuestas que se harían.

Cuando mis hermanas y yo terminábamos de darle la última puntada al pastel de pollo, comenzaron a llegar los vecinos a la verja, acomodaron sus mecedoras Momposinas alrededor de una pequeña mesa de sala que teníamos destinada para mesa de juego, y haciendo invitación desafiante al juego, con el sonar de unas cuantas monedas de quinientos pesos en las manos; eso pensé yo, porque las monedas de esa denominación suenan más seco y más grave que las otras, nos llamaron al juego. Enseguida mis hermanas y yo salimos muy prestas a la verja, mientras mi madre reposaba en su cuarto el cansancio del aseo general, debió haber terminado muy agotada, porque ni siquiera quiso almorzar con nosotras un pastel de pollo, de los que ella misma mandó encargar a la vecina; simplemente se retiró a su cuarto, con menos de dos palabras secas. Cuando ya todo estuvo dispuesto sobre la mesa de juego: fichas de domino, respectivas apuestas, jugadores de equipo, comenzó el juego, y yo salí abriendo la mesa con el doble seis que tenía, acompañándolo de una sonrisa picara que indicaba el gran juego que me acompañaba en esa mano; parecía que la tarde prometía un gran juego, y claro, buenas ganancias. De modo que nos olvidamos de todo, de la fecha que era, del mundo, sólo eran las fichas y nosotras, las apuestas y las estrategias de equipo. El domino tenía la capacidad de idiotizarnos a todas, en especial a mí, porque era la emoción de sorprender al contrario con una ficha clave, con un ataque sorpresa, y simplemente cerrar la mano a nuestro favor. Por eso no nos sorprendió que nos cayera la noche encima, tirando fichas, acomodando números, ganando y perdiendo apuestas, protestando y celebrando alguna jugada maestra.

Todo parecía estar de maravilla, como de costumbre en nuestras tardes de ocio y juego, pues en casa nunca sucedía nada excepcional ni extraordinario, hasta cuando mi hermana mayor; un poco cansada por el juego, en su camino a la cocina por un vaso con agua helada, notó, en las sombras del dormitorio de mi madre, que se localizaba diagonal a la entrada de la casa, una postura anormal de ella durmiendo. Se acercó con pausa, medio asustada y con distancia midió y encendió el interruptor de la luz. Sus miedos se potencializaron y se hicieron reales y un enorme grito histérico nos interrumpió una de las últimas manos de domino que jugábamos en la verja esa tarde, medio entrada la noche ya. Ningún vecino comprendió su grito y todos quedaron estupefactos por un instante, mi hermana menor y yo también. Pero segundos después simplemente despejamos temores atinando a decir que, a lo mejor, ella, mi hermana mayor, había visto de seguro otro ratón pequeño atravesando del solar de la casa hacía las ollas que permanecían debajo de la cocina; eso era muy común en la cocina de mi casa, como también que ella se asustara mucho por los ratoncitos. Eso pensamos nosotras, y con ese oportuno comentario se tranquilizaron todos los vecinos que jugaban en la mesa, y el juego siguió. Todos continuamos desafiando nuestra propia suerte y nuestra estrategia de equipo. El juego estaba en un punto clímax de tensión y sudor, todo era silencio y miradas pensativas, análisis y decisión, apuestas y cautela; tanto que no advertimos que mi hermana mayor no regresaba con su vaso con agua helada, por el que mencionó que había ido. Tanto que no advertimos que el juego nos había en vuelto en un espectro de magia especial y no nos habíamos percatado de que ya habían transcurrido cerca de seis horas de juego y fichas, ese era el velo de seducción que nos cubría el rostro en una apuesta con treinta mil pesos en juego. Cuando yo tiré la última ficha que tenía y cerré la mano con una victoria domino, podía ganar por cualquier de los dos números de mi ficha cinco y dos, la algarabía y el desorden finalmente desacomodaron la mesa de juego, y esta fue a dar patas arriba a un lado de todos los que estabamos allí reunidos, volaron fichas en todas las direcciones; momento en el cual decidimos que esa había sido la última partida de la tarde, que ya era de noche, noche buena y que debíamos parar el juego ahí.

Entre risas y comentarios triunfales di la despedida a los vecinos de juego y mi hermana menor y yo empezamos a recoger todo de la verja para entrarlo y prepararnos para lo que habría de ser la llegada de la noche buena, ahora sí estabamos empezando a caer en cuenta de la fecha. Con la mesa de juego colgando de mi brazo y con la caja de domino en mi mano me dispuse a entrar a la casa, mientras mi hermana menor arrastraba las dos mecedoras Momposinas con sus manos. Antes de traspasar por completo la puerta principal, yo hice una pausa para esperar a mi hermana menor; que estaba embolatada arrastrando las dos mecedoras, para ayudarla, y finalmente juntas entramos a la casa. No alcanzamos tan siquiera a soltar y acomodar las cosas que traíamos, cuando en el acto vimos el cuerpo de mi hermana mayor tendido en el piso, a un lado discreto de la sala, desencajado y pálido, con señas de un golpe en la frente; eso parecía ser por la sangre que se veía medio seca en su frente. Enseguida mi hermana menor y yo nos deshicimos de lo que traíamos y nos abalanzamos sobre su cuerpo, intentando acomodarla en un de los muebles de la sala, mientras le gritábamos con angustia y la llamábamos por su nombre; con intención de advertir cualquier reacción. Al cabo de unos minutos, y de estar acomodada en el mueble, ella reaccionó para soltarse en compulsivo llanto, nosotras pensamos que el dolor de la herida en su frente era muy grande y tratamos de soliviarlo aplicando un poco de café en polvo sobre la herida. Nosotras siempre habíamos escuchado que eso ayudaba a contener la sangre, pero para cuando la sangre se detuvo al fin por completo y los sollozos le pasaron, pudimos distinguir al fin, de entre sus lágrimas, una palabra clara, - mi madre -; dijo mi hermana. Entonces tratamos de tranquilizarla un poco mencionándole que no se preocupara, que no le contaríamos nada a ella, que de hecho ella no se había dado cuenta de nada porque aún seguía en su cuarto descansando. Enseguida nos replicó y mencionó que justamente era por ella que estaba así, llorando, que tuvo una impresión y del susto se golpeó en la frente con la pared del cuarto de mi madre y perdió el conocimiento, que fuéramos a verla nosotras para corroborar si había visto correctamente. Al momento de sus palabras ya estabamos mi hermana menor y yo en el cuarto de mi madre, encendimos la luz con prisa y angustia, y la revelación fue aterradora. Mi madre yacía tirada en la cama, con su cuerpo acomodado en una extraña forma, parecía como un contorsionista de circo, porque sus extremidades parecían tan lejos de su tronco; como en posiciones tan imposibles de imaginar. Su rostro se veía ido y colgando hacía uno de los bordes de la cama; untado de babaza mezclada con sangre y saliva, que parecía estar bastante seca ya.

Era evidente que mi madre había sufrido uno de sus ataques de epilepsia; enfermedad que se había manifestado desde hace un par de años ya. Enseguida nosotras la acomodamos en la cama y le prestamos todos los primeros auxilios a los cuales nos habíamos acostumbrado a practicarle, por recomendación de un médico amigo. Le acomodamos la cabeza para que no le quedara colgando en el aire como la de un títere, le limpiamos la babaza y tratamos de desenredarle un poco la lengua, pues en medio de los ataques ella acostumbraba a intentar tragársela, además de morderse los labios. Tratamos de desestirar todo su cuerpo, pues en medio de los ataques este se contraía y se hacía tan duro y rígido como una roca, se hacía muy pesado también. Para mi asombro, el cual nunca le mencioné a mis dos hermanas, noté a mi madre diferente, distinta y flácidamente manejable. Eso no era natural, y creo, muy en el fondo, que ellas también lo notaron porque enseguida entre las tres, muy angustiadas, la estabamos sacando del cuarto; sujetándola por los pies y las manos, como si estuviéramos cargando un vuelto, sacando fuerzas de donde no teníamos. En medio de gritos y de llantos intentábamos detener en medio de la calle un taxi para llevarla a la clínica, pero en ese momento no se asomaba ninguno a la vista, eso nos desesperó más, y más empezamos a llorar. Mis hermanas y yo parecíamos internas sueltas de un sanatorio; porque gritábamos con locura, desespero, miedo y dolor. Al fin un taxi apareció y se detuvo conmovido por nuestro llanto o, quizá, por un sentido cívico de colaboración y pudimos acomodar a mi madre, con prisa, apachurrada; como una bolsa repleta de compras, en el puesto de atrás del taxi. No habrían pasado más de cinco minutos cuando mi madre ya entraba por las puertas de urgencia de la clínica, los médicos y enfermeras nos pedían mesura mientras trataban de atenderla adecuadamente, pero la mirada desgarradora de una enfermera joven; que como yo habría de tener madre, me indicó que algo estaba mucho peor de lo que ya padecíamos.

Evidentemente no me equivoqué en mi apreciación sobre la mirada de la joven enfermera, pues casi media hora después, un médico canoso y muy serio, entrado en años, nos reunió a las tres en la sala de espera de inyectología para darnos la nueva mala, de un solo golpe. Mi madre había muerto, murió de un ataque de epilepsia el día de la noche buena, el día de navidad Según el diagnóstico del médico mi madre ingresó a la clínica muerta, con cerca de dos horas de defunción, es decir; habría fallecido cerca de las seis de la tarde, mientras nosotras jugábamos domino con los vecinos en la verja de la casa, mientras yo me ganaba una apuesta de treinta mil pesos. El médico también sugirió que se pudo deber al descuido en su medicamento, que tal vez no ingirió su respectiva dosis diaria de Tegrotol, y esto le produjo el temido ataque. El desconsuelo nos invadió por completo y nos desmoronamos en llanto una sobre la otra, la otra sobre la una, porque habíamos perdido lo mismo; nuestra madre, pero sobre todo; porque nos sentíamos culpables porque había sido esa la única vez que la habíamos dejado sola tanto tiempo, desde que los ataques comenzaron. Pero... ¿Quién podría suponer que se pierde lo más bello, en uno de los días más bellos? Al regresar a casa, después de la fatídica noticia, notamos que sobre la mesa de noche de su cuarto estaba una pastilla de su droga, nunca la tomó, tal vez se le olvidó, y ninguna de nosotras estuvo ahí para recordárselo.

Luego de su respectivo sepelio nosotras nunca más volvimos a jugar domino, ni siquiera tuvimos que pactarlo. Sólo nos dimos cuenta un día de noche buena, de navidad, pasados unos años de la muerte de mi madre; cuando uno de mis cuatro sobrinos, Camilo, abrió en la sala, delante de todas nosotras, un regalo de niño dios que su padre la había dado. Un domino didáctico, muy colorido, de figuritas de frutas; nuevamente nos conmovió el alma, nos revolcó el recuerdo y nos hizo llorar juntas.

15 Abril de 2005