No morir en el intento
“Si yo no tuviera el libre derecho
de suicidarme, de seguro,
ya me habría matado...”
Sócrates

Espeluznante y hasta escabroso le ha de resultar a todos los miembros de mi familia: Un pequeño bonsai de mirto, adquisición que hice hace un tiempo en un paseo por un parque natural del pueblo de Aquitaí, a quien posteriormente me atreví a bautizar en una noche solitaria de tragos y bohemia como Silvia; por aquello de la falta de presencia de una figura femenina en mi modesto y solitario hogar, y un gato feral de color gris, con algunos rasgos de ascendencia persa, a quien aún no me he preocupado por bautizar, porque recientemente lo encontré moribundo y despatarrado en las escaleras traseras del viejo negocio de venta de dulces típicos donde trabajo, si yo les mencionara nuevamente que me sigue seduciendo con mucha fuerza, más que antes, la idea alucinante del suicidio.

Lo más probable, de seguro, es que ellos; la bonsai y el gato, mi familia, le adjudiquen contundentemente categorías patológicas y desquiciadas a un acto, que a mi parecer, es tan puramente voluntario y natural como cualquier otro. Estoy absolutamente convencido que la decisión, por demás autónoma, de querer interrumpir a voluntad mi vida, no es producto de una desbordada crisis de nervios y, mucho menos, tampoco lo es de un ataque de extrema depresión que raya abruptamente en la melancolía absoluta. Creo firmemente que no lo es. No es así. Como también creo que mi familia, de seguro, nunca entenderá mis razones.
Me cuesta mucho trabajo creer que ellos puedan inferir a cabalidad el acto tan intimo y tan particular que debe de ser ejecutar con toda magistral sensibilidad artística el acto final del suicidio. Que de seguro más ha de parecerme ‘autoeutanacia’ que suicidio en sí. No creo que me comprendan. Al fin y al cabo, que más da, ellos son simplemente muy plantas y muy animales para comprenderme, sin que me exorbiten los ojos con locura, en el caso de mi gato, y sin deshojar sus hojas con sed de desgracia, en el caso de mi bonsai. Cómo hacerle entender a mi familia de una buena vez por todas, sin que se preste para mayor objeción, que esa decisión: que me seduce sin reparos hasta la última pestaña, es tan individual y propia como la sana determinación espontánea de dejar de hablar un día cualquiera, por cualquier razón. O quizá como la determinación fresca de dejar de comer por algún tiempo como acto de singular defensa de un ideal. O tal vez tan simple y tonta como la de dejar de fumar por considerar letal, para mis pulmones, sus consecuencias. O a lo mejor tan natural como dejar de usar corbata por creer que aprieta demasiado el cuello y sofoca la creatividad.
De seguro no me comprenderán y pasará exactamente lo mismo que la primera vez que les mencioné: soltarán en risa, en carcajadas y se abrazarán entre ellos, en términos de animales y vegetales, por la excesiva y contagiosa efusividad que les produce mi concluyente y sentido comentario sobre el suicidio. La verdad, a estas alturas, poco o nada me importa no encontrar algo de comprensión por parte de mi familia. Lo primero que deseo encontrar por estos días aburridos y solitarios es descanso y tranquilidad total. Por considerar que el resto de mi vida será fatídica y tristemente incomprendida el resto de tiempo. Anhelo muy pronto el regocijo de la muerte lenta, discreta y en total calma. Sin bombos ni platillos. Sin carnavales y peregrinaciones de familiares, amigos, vecinos, conocidos y desconocidos. Sólo la deseo como cualquier otra cosa en la vida. Con sentido susceptible y sensible. Con intimidad. Al acostarme en paz. Que suceda mientras concilio el sueño. Mientras duermo la siesta del almuerzo. O quizá, mientras en algún momento cabeceo, por falta de clientes, en la tienda de dulces donde trabajo. Que me llegue fulminante, como rayo mortal caído del cielo, como petición a cada una de mis suplicas. Que caiga sobre mí como la gracia divina que derrama con bondad el padre celestial en los días de menos esperanza. Que llegue de día o de noche. En el parque o en la iglesia. En el baño o en la biblioteca. Pero que de una buena vez llegue para siempre.

Fue entonces cuando, después de esa opinión aburrida sobre el suicidio, más decidido que nunca, después de una jornada normal de trabajo, entré a mi casa a comentarles con firmeza a mis familiares: la bonsai y el gato, mi irrevocable decisión de adelantar una investigación bibliográfica exhaustiva para decidir, a conveniencia particular, cual habría de ser el mejor método para hacer efectivo mi suicidio.

Subí como de costumbre las escaleras. Con el mismo desinterés de las últimas doscientas veces. Dirigí la llave hasta la cerradura de mi puerta y la giré con parsimonia. Se abrió lentamente. Como siempre pude ver toda mi casa de una sola vez, con una sola mirada, sin mover para ningún lado mi cabeza, pues sólo era un cuarto con dos colchones desgastados por el polvo y el tiempo, que hacían las veces de cama, tirados en el suelo. Una vieja nevera Centrales de doce pies que le compré a un chatarrero. Un discreto sofá, imitación de roble, que conseguí al cambiarlo por una manopla de béisbol que yo tenía y que le agradaba a un viejo, amante de ese deporte. Y que junto con los colchones ocupaban todo el cuarto. Un par de camisas a rayas color pastel. Tres jeans viejos y pegados al cuerpo, que colgaban de un torpe barandal que acondicioné en una de las esquinas del cuarto, en lo alto. Y un afiche maltratado de un tipo celebre de las letras o el arte. Realmente no sé muy bien si es del arte o de las letras, pero intuyo que es muy importante; por su imponente presencia y esa barba larga y blanca que le da ese aire celebre. Y por supuesto mi familia entera, esperando por mi regreso. El gato, muy encorvado y enroscado echado en el discreto sofá, color camel, Ocupándolo todo. Y la bonsai, impecable como siempre en su matera de arcilla, mirándolo todo desde la pequeña y única ventana que tenía mi cuarto. Con un coleo y un latigazo del gato entendí que me daba el saludo de bienvenida por mi llegada, lo mismo le correspondió a la bonsai cuando sus diminutas ramitas se estremecieron con agitado interés.

Ya contados algunos pasos y minutos adentro del cuarto, es decir, dentro de mi hogar, sin dejar un solo momento de darle la espalda a la puerta, la sujeté con la punta de mis dedos y con algo de fuerza la empujé para conseguir cerrarla. Así sucedió. Entonces tiré de una solo impulso las llaves sobre el colchón y me permití caerme exhausto de aburrimiento en la cama. En mis dos colchones tirados en el suelo. Dejé salir un par de suspiros naturales y decidí de una sola vez, sin pensarlo, sin darme tiempo a cambiar de idea, mencionarle por segunda vez a mi familia mi irreversible decisión de conseguir a como diera lugar mi suicidio. Después de haberles dado la noticia el gato con los pelos de punta y la piel encrespada se elevó del sofá donde se encontraba, un par de centímetros, en forma vertical, mientras enseñaba por el aire toda su dentadura felina al compás de un sentido y prolongado maullido de físico susto, que retumbó en todo el cuarto. La bonsai por su parte estremeció tanto sus diminutas ramas y revolcó tanto con sus raíces la poca tierra que la sujetaba a la matera de arcilla, que por poco se sale por completo de su lugar, pues algunas de sus raíces quedaron asomadas por la matera, y algunas de sus diminutas hojas quedaron tiradas junto al marco de la ventana donde se la pasaba. Todo por el asombro.
Entendí con todo esto que mi familia no estaba contenta con la noticia de mi suicidio, Supongo que no era para menos. Por segunda vez lo mencionaba y por segunda vez la misma respuesta de rechazo rotundo. No me comprendían. Pero ésta vez se impondría mi voluntad.
–Pensé -.

Totalmente iracundo y preso por la ira desmedida que me producía la incomprensión de mi familia, me levanté de la cama de un solo brinco, tal como lo hizo del sofá el gato al escuchar mi noticia, y comencé a alegar sin coherencia y sin razón, o más bien, con mucha razón. A maldecir por todas las cuatro paredes del cuarto, a vociferar con estridentes y desordenados gritos mi mala suerte: la desdicha de vivir sin tener un motivo verdadero para seguir viviendo. Le palmoteaba con mis manos al gato y a la bonsai, los señalaba con mis dedos, llenos de desprecio. Me despeinaba los tres pelos que tenía y trataba de rasgar mis vestiduras, como queriendo exorcizarme de mí mismo. Lloraba y sudaba sin parar, en una extraña mezcla de dolor y agitación. Me revolcaba y pataleaba en el piso como lo hace un bebé que tiene su sabanilla completamente llena de mierda. Perdí por completo toda cordura; tanto, que después de esa vergonzosa manifestación de histeria y de pocas capacidades histriónicas, me quedé dormido, entre gimoteos y lágrimas. Sin tan siquiera poder advertirlo.

A la mañana siguiente los lamidos del gato en mi rostro me anunciaban el nuevo día. Aunque algo pegados mis ojos: por la mezcla de lagañas y lágrimas secas de la noche anterior, comencé a despegar lentamente mis pestañas para dar paso a la luz, al tiempo que respondía al lamido del gato con una caricia en su barriga y una suave palmada en su trompa. La bonsai por su parte hondeaba cada una de sus hojas y sus ramas diminutas, como si estuviera izando su propia bandera y rindiendo honores militares a la madre naturaleza, acto al cual respondí rociándola con un poco de agua fresca para nutrir su raíz y con un nuevo movimiento para acomodarla y dejarla en mejor posición en la ventana; de manera que le permitiera recibir mejor los rayos solares. Era evidente que toda mi rabia de la noche anterior ya había pasado, que todo ya estaba en total calma. Curiosamente era la misma calma que ya había terminado por empezar a odiar.

En cuestión de simples momentos me hube en pie, tratando de incorporarme al nuevo día y de acicalarme un poco frente al espejo, ordenando un poco mis despeinados tres pelos y cepillando mis dientes. Abrí la nevera para tomar un poco de leche fresca mientras empezaba a estructurar mis ideas para lo que sería otro día exactamente igual de fracasado, aburrido y de pobre a los demás días de mis veinticinco años de vida. Cuando me hube con el vaso elevado por tercera vez en dirección a mi boca, empecé a verlo todo muy claramente, muy transparente. Ese saludo de mi familia: la bonsai y el gato, el de la mañana de hoy, aunque no muy diferente al de los días anteriores, si era más claro y revelador. Se sentía en el cuarto ese aroma especial de comprensión, de aceptación especial, de aprecio y de cariño incondicional; del que sólo pueden disponer los miembros queridos que hacen parte de una gran y unida familia. Era el voto de confianza, el respeto incondicional a mi decisión de llevar a cabo el suicidio. Era el apoyo verdadero, la comprensión en toda su máxima expresión. No sé cómo carajos lo hicieron. No sé cómo un felino y una planta dieron ese salto absurdo para desafiar la comprensión y la inteligencia humana. No sé cómo lograron traspasar la frontera que delimita entre la racionalidad y la ciencia, para ofrecerme con fraternidad, en el lenguaje propio de la sabia naturaleza, el respeto a mi decisión. No podía creerlo. Ellos, al fin, aunque no estaban de acuerdo, comenzaban a respetar mi decisión de hacer efectivo mi suicidio. Así lo podía sentir. Así me lo hicieron sentir.
Esa mañana, amparado y fortalecido por el respeto que mi familia me ofrecía completamente, decidí que ya no volvería a trabajar más en la tienda de dulces típicos. Decidí que ya no quería vender un solo dulce de arroz más, que ya estaba bueno de caramelos de miel y panelitas de leche, que ya estaba harto del arequipe de panela, que me producía repulsa el melado de brevas. Y por supuesto; que mis manos ya no volverían a endulzar en la vida una sola oblea de harina más. Fue entonces cuando lo comencé a ver todo más claro que nunca. Todos mis esfuerzos y mi tiempo, de ahora en adelante, estarían enfocados única y exclusivamente a la búsqueda de material bibliográfico que me orientara frente a la mejor decisión sobre cuál método escoger para llevar a cabo mi pronto suicidio.

La emoción me embargaba por completo el alma. En un dos por tres, en cuestión de escasos minutos, ya me encontraba totalmente vestido y listo para hacer frente a mi nueva y única diligencia del resto de mis días. Más temprano que de costumbre salí del apartamento y me dirigí con paso firme y determinación a la biblioteca que quedaba en el parque central del pueblo, saludé con emotividad a Antonia, la bibliotecaria, quien aún no terminaba de acomodarse para el público cuando yo entré. Enseguida le mencioné que me ayudara a encontrar un par de libros que mencionaran y hablaran sobre el tema del suicidio, frunció el ceño al instante y con tonto ímpetu y discreción me preguntó si yo estaba pensando en eso, respuesta que no alcancé a dar porque en el acto ya había puesto sobre mis manos un par de libros biográficos que mencionaban el tema. No lo tocaban categóricamente, sino que más bien hacían alusión a la forma en que algunos próceres de la historia habían terminado sus días. - Me dijo ella -. Los tomé prestados y emprendí camino de regreso a mi cuarto, para ojearlos y leerlos con mayor detenimiento.

Encontré ratoneando en aquellos libros que nuestra poetiza María Mercedes Carranza y el joven escritor Caleño Andrés Caicedo habían tomado esta determinación, la del suicidio. Que desde el mismísimo celebré escritor norteamericano Ernest Hemingway, ganador del premio novel de literatura en 1954, junto con la diva de todos los tiempo Marilyn Monroe, también se habían sumado al selecto grupo de suicidas. Que desde el mismísimo rey del Rock and roll, Elvis Presley, pasando por Kort Kovain: cantante de la agrupación de rock que revolucionó los noventa, Nirvana, hasta pasar por el cruel y tirano cerebro detrás del holocausto nazi, Adolfo Hittler, también acabaron sus días con el sello particular del suicidio. Comprendí entonces que no me hallaba solo en el mundo cargando a cuestas con mi causa perdida. Entendí que muchos como yo, mejores o peores seres humanos, aunque tuvieran fama, fortuna y poder decidieron terminar sus días a voluntad, de igual manera. Suicidándose. Aunque no todas las formas y métodos de hacer efectivo el suicidio me seducían. Confieso que muy a pesar de mi deseo de quitarme la vida no comulgaba con acabar mis tristes días de un disparo fulminante en el rostro con una escopeta de caza, tampoco pretendía recurrir a las sobre dosis de fármacos, barbitúricos o antidepresivos, por considerarlo, a mi parecer, una forma poco artística de morir, y para nada encontraba seductora o romántica la idea de finalizar mis días, por aplicación endovenosa, de un parasimpático que actuara sobre mi sistema nervioso central y me desconectara del universo en tan solo veinte segundos. No era esta la clase de suicidio que yo estaba buscando con desespero para mí. Aunque si debo mencionar que, por lo menos, estas formas se asemejan y encajan mucho con el rayo mortal caído del cielo como petición a cada una de mis suplicas. Se parecían mucho a la gracia divina que derrama con bondad el padre celestial en los días de menos esperanza. Se parecían en la prisa, en la rapidez con que detienen los latidos del corazón, en la velocidad con la que acaban con la vida. Y aunque ese era mi único fin, no lo era hacerlo de manera frívola y corriente; por demás violenta. Indudablemente tenía que ser diferente.
Después de darle una seria ojeada a algunos datos de la historia y a sus caídos por suicidio, decidí devolver a la librería ese par de libros biográficos y comenzar solo, sin ayuda de nadie, a fraguar de manera autóctona, original y hasta autodidacta lo que sería mi suicidio. Comencé por deambular por las calles y preguntar por ahí, como quien no quiere la cosa, a los viejos ancianos que rondaban sin afán por el parque, sobre dicho tema con respecto de la historia del pueblo, con la idea de dejarme seducir por sus secretos oscuros. Así me interné en los coloridos y murmurados pasillos de verduras y frutas de la plaza de mercado central, para sacar algo de información, pues entre compra y venta de alguna fruta o verdura siempre se menciona algo de más. Me dejé arrastrar por la multitud ferviente que se dirigía, como en los mejores días de la semana mayor, a la iglesia para la acostumbrada misa de cinco de la tarde; con la idea de que, a lo mejor, en el sermón del padre, un caso de estos se hiciera público. Hasta me permití hacer parte del selecto grupo de hombres que contemplaban con estupor la apuesta de cinco mil pesos en un duelo de billar, con la idea de que las apuestas aumentaran a cifras inimaginables y que el juego terminara para alguno de los contendores con el desenlace fatídico del suicidio por la deuda. Hasta terminé por sudar a goterones dentro de la gallera de don Roque, donde esa tarde se ajustarían cuentas entre los gallos del pueblo y los gallos de un conocido jugador extranjero, todo con el ánimo de creer que el desempate o la revancha se podría dar en el juego de la ruleta rusa; con revolver en mano apuntando a la cien, con el valor de morir en la prueba.

Todo ese callejear para poder tener la posibilidad de preguntar, de escuchar, de escudriñar, de chismear sobre el tema. Y lo único que encontré fue un par de historias insulsas y poco creíbles. Como la de un viejo loco que intentó quitarse la vida, por lo menos eso afirman muchas personas, atragantándose a propósito con un par de habas tostadas que le acababa de regalar un vendedor de la calle, o como la historia que escuché por boca de uno de los abuelos del parque, sobre un joven drogadicto que vendía millos: bolitas de maíz pira o crispetas, bañadas en melado de panela, que su misma madre preparaba y que él salía a feriar en las tardes por el parque, que estando una tarde, preso por las alucinaciones que le producía el consumo desmedido de droga, jugaba con un par de granitos de crispeta entre sus manos y que de un momento para otro simplemente decidió incrustárselos con rabia en sus propios orificios nasales, y que acto seguido taponó su boca con sus propias manos para lograr interrumpir por completo su propia respiración.
Fantasía o realidad, nunca recuerdo haber escuchado una historia similar en el pueblo, a lo mejor era porque no me despertaba, en lo mínimo, interés este tema. Y menos, la verdad, un método tan poco ortodoxo de ejecutar el suicidio. Pero para mi mayor sorpresa, conforme transcurriría más y más el día y conforme más vagamundeaba por ahí, incluso en lugares que ni siquiera sabía que existían en el pueblo, seguí encontrando muchos más intentos fallidos de suicidio; por parte de algunos conocidos, vecinos y hasta familiares. Fue así como me enteré, de camino por una de las calles del pueblo, por boca de un declarado y conocido ateo, que el mismísimo cura de la iglesia había hecho lo propio con respecto al tema; intentando arrebatarse la vida, de manera cómica y desesperada, metiendo de forma errada la cabeza por entre el orificio de la sotana con la que adelantaba la santa eucaristía. Pero por suerte para la iglesia, en el momento más oportuno apareció el monaguillo y muy presto le ayudó a desenredársela y a acomodársela correctamente. Hasta me enteré, en cháchara con el mecánico del único taller de bicicletas, que Patricio, un pariente lejano mío, en tercer grado de consanguinidad, un día llegó hasta su descuidado taller y lo convenció para que le alquilara por cuatro mil pesos una bicicleta, una que él mismo acababa de reparar y que ofrecía para la venta. Luego le pidió que le desacomodara los frenos a la bicicleta, de tal manera que esta no pudiera frenar más. Él lo hizo sin murmurar, y mi pariente lejano se lanzó a pedalear sobre la bicicleta alrededor del parque, todo el día dio vueltas y vueltas sin descanso alrededor de la glorieta del parque, a toda velocidad. Mientras sudaba como el deportista que nunca fue, gritaba que quería perder la vida por el cansancio y la fatiga de tanto ejercicio, pero para su desdicha, en la trecienta y unava vuelta la llanta delantera encontró en un pequeño pico de lata de atún tirado en la calle, a un lado del anden, la forma más curiosa de pincharse y detener así la marcha.

Fue otro intento de suicidio fallido. Yo no podía creerlo. Parecía un mal generalizado. Una epidemia fatal. Una plaga maldita con la que todo el mundo había aprendido a convivir ya. Y yo: que creía que estaba siendo de todos el más original. Que mi idea era nueva y, por demás, la más excitante que ninguno ser humano de este pueblo podría experimentar. ¡Y no! Ahora resulta que en este maldito pueblo muchos, bastantes, cientos, miles de personas han intentado acabar sus días de la misma forma que yo estaba pensando, con el suicidio. Fue más o menos como descubrir lo que ya hace muchos años se descubrió y se patentó. Fue como describir lo que todo el mundo ya sabía que existía excepto yo. Fue como descubrir el agua. Que frustración tan tremenda la que sentí.
Después de vagamundear mucho por el pueblo y de escuchar muchas historias absurdas todo el bendito día, me permití dar nuevas coordenadas a mis pies para regresar a casa y terminar mi misión por ese día.

De regreso en mi cuarto, en mi hogar, con mi familia: la bonsai y el gato. Me regalé un desahogo único con ellos, y les mencioné todo cuanto había escuchado ese día, revoloteando como mariposa por todo el pueblo, con pelos y señales, sin olvidar nada. Les mencioné que aunque muchas de esas formas de intentar suicidarse eran absurdas y hasta cómicas, tenían una característica más que las hacia muy particulares: todas habían fracasado rotundamente en su intento, habían fallado por completo, dejando en sus potenciales suicidas esa horrible sensación de frustración, derrota y sobre todo; humillación personal, como la que yo sentí cuando me enteré que no era el único en el pueblo que pretendía o había pretendido terminar sus días con el suicidio. Entonces por un largo instante el gato se tornó meditabundo, con esa mirada de felino cazador que asecha con sigilo a su presa tras los arbustos, la bonsai no se quiso quedar atrás y comenzó a contonear sus ramas, como lo hacen en otoño los arbustos de los más oscuros y tétricos pantanos del pueblo. Se sentía en el cuarto un ambiente de intriga y suspenso, y luego, como totalmente de acuerdo, el gato se volteó en un movimiento de acto reflejo, quedando patas arriba, y empezó a mover sus patas haciendo pequeños círculos en el aire y a maullar con tal gracia que parecía un gato chiquito. Enseguida miré con rabia a la bonsai, esperando lo propio de su parte, y, ¡claro!, ella no se hizo esperar, sus ramas se agitaban y se doblaban tanto que parecía que se desprendieran de su propio tallo; parecían ramas de palma de cera agitadas en el domingo de ramos. Lo comprendí muy bien, estaba más que claro todo. Había compartido con ellos el suficiente tiempo como para comprender ese lenguaje particular de la naturaleza animal y vegetal, se estaban burlando de mi otra vez. No podía creerlo, si momentos atrás, en la mañana, muy temprano, con actos distintos me hicieron entender que comprendían y aceptaban con respeto mi decisión de suicidarme. Y ahora, con esas claras muestras de mofa y de humor negro, estaba más que claro que el respeto que me profesaron en la mañana se había agotado con el transcurso del día. Nuevamente me solté en ataques de histeria y rabia, vociferaba a los cuatro vientos que no merecía mi suerte, que, por el contrario, merecía el respeto de ellos; que son mi familia, pero al fin mi rabia, al cabo de unas cuantas horas, fue calma y silencio. La noche hizo lo propio cubriéndolo todo.

A la mañana siguiente: muy presto y decidido, como el día anterior, me preparé muy rápidamente para comenzar con otro día de frescas y extensas averiguaciones sobre el tema de todos mis afectos: el suicidio. Durante el breve tiempo que estuve dentro de mi cuarto, alistándome y arreglándome para salir, ignoré por completo a mi familia, no les dirigí ni una sola mirada, supongo que ellos hicieron lo mismo, y salí nuevamente con mi idea de encontrar la mejor opción para mi suicidio. Esta vez no acudí a los longevos recuerdos de los ancianos que habitan a diario en el parque central del pueblo, por el contrario, decidí darme un pasadita por algunos lugares que, aunque obvios, no me había percatado de visitar antes. Fue así como entré por pura curiosidad suicida al pequeño edificio donde se ubicaba la alcaldía municipal, al despacho del señor alcalde del pueblo, con el que después de un par de temas propios del municipio le hablé de manera informal y le pregunté sobre el tema del suicidio. Entre carcajadas y más carcajadas me confesó que una tarde muy desesperado y asustado por un aparente e inexplicable desfalco que se presentaba en las arcas del presupuesto que maneja su administración, decidió encerrarse en el despacho del secretario de gobierno municipal, en su ausencia, y le pidió a su secretaria personal que le hiciera llegar hasta ahí los documentos que contenían su programa de gobierno. Posteriormente se dio a la tarea de arrancar con desquicio cada una de las hojas que se hallaban argolladas y empastadas en un gran mamotreto, las tomó por montones en sus manos al tiempo que las embadurnaba a lengüetazos con su propia saliva. Se dejó caer sobre el suelo e intentó cubrirse y pegarse en el rostro y en todo el cuerpo las hojas arrancadas de su plan de gobierno, procurando con ésta idea encontrar la muerte ahogado y la preservación de su cuerpo en estado de momificación. Para su desgracia tuvo mala suerte,
- Contó después como jocosa anécdota a más de uno- nunca alcanzó su fin. Falló rotundamente porque le hicieron falta hojas, sólo tuvo en sus manos uno de los tres mamotretos que contenía su plan de gobierno. Aunque yo ya había escuchado historias similares el día anterior, aún no podía quitarme esa cara de letargo y de asombro total, no lo podía volver a creer, otra historia fallida, fracasada. Esto parecía ser un pueblo de idiotas incapaces de suicidarse - Y yo no pensaba ser uno de ellos -. O quizá peor aún, un pueblo condenado eternamente a las casualidades fortuitas de sus habitantes. Esta vez mi indignación cobraba dimensiones insospechadas. Empecé a tratar de llenarme de fe y comencé a creer que debía existir en alguna parte del pueblo algún caso especial y afortunado, alguna persona lo suficientemente lista para haber logrado concretar totalmente el suicidio. Entonces como sabía que aún quedaban muchos sitios en el pueblo que no había visitado nunca antes, porque eran otras las actividades que me motivaban en el pasado, decidí continuar con mis visitas esa segunda mañana.

Acudí, por recomendación del señor alcalde, que aunque no tenía certeza de ningún caso ahí, si insinuó que podría ser estimulante visitar el museo, me pareció inclusive. Pensé que reafirmaría el sentido artístico del suicidio que yo planearía para mis últimos días. Encontré sus puertas abiertas de par en par, y como supuse que se hallaría lo hallé: completamente solo, viejo y olvidado, parecía una caja de zapatos vieja donde se guardaban cachivaches de cualquier recuerdo bonito. No era de extrañarme, al fin y al cabo era un museo. Una anciana radiante: que parecía modelo de galletas navideñas, que hacía las veces de guía del museo, se encontraba justo en uno de los pasillos que conducían a uno de los tres único salones de exposiciones que tenía el museo, con un plumero despelucado, y de todos los colores, estaba tratando de desempolvar un par de jarrones de barro que fueron encontrados en la región. A mi llegada dilató con entusiasmo sus ojos, a lo mejor pensaba que yo sería un visitante extranjero, preocupado por la historia, en especial la del pueblo, que compraría artesanías y dejaría buena propina. Más temprano que tarde se daría cuenta que no era así. Con un leve saludo fui muy concreto y directo, no vacilé un segundo en proponer el tema del suicido antes que ella el de la historia de todas las cosas que allí se encontraban. Enseguida de mis palabras se le notó en las arrugas de su rostro cierta antipatía, frunció el ceño y cruzó con arrogancia y contra su pecho los brazos en el acto. Parecía haberse puesto de mal genio cuando sugerí el tema, pero para mi sorpresa nuevamente, solo estaba haciendo el preámbulo de una rabia mentirosa porque se soltó en unas carcajadotas más grandes y extensas que las del señor alcalde. Parecía que jamás pararía de reírse. Y entonces cuando por fin se hubo controlada en su efusividad me mencionó, todavía con algunos rasgos de risa en sus mejillas, que hacía tan solo dos días atrás había intentado suicidarse.

Me contó que había llegado al museo como de costumbre. Como ha venido haciéndolo los últimos doce años de su vida. Y que muy aburrida por no tener un solo visitante que atender y guiar por todo el museo, decidió tomar un par de fósiles de la vieja vitrina donde se exhibían y los colocó en la mitad del patio. En el suelo. Justo donde el sol pegaba con más intensidad. Con la idea de que los rayos del implacable sol calentaran al máximo las piedras de fósil. Posteriormente las tomó con sumo cuidado y las llevó hasta la pequeña recamara de calentamiento de un pequeño y antiguo artefacto de hierro que servía para planchar ropa. Sujetó el oxidado artefacto con sus dos escuálidas manos y lo llevó hasta el lado izquierdo de su pecho. La idea con esto era que las piedras de fósil, ardiendo de calor, dentro del pequeño compartimento del artefacto que servía para planchar lo calentaran al máximo. Y ésta a su vez le calentara su cansado y viejo corazón hasta conseguir detener sus latidos definitivamente. No funcionó. Al igual que los demás intentos de suicidio de los que yo tenía noticia, también había fallado. La antigua plancha está hecha de un hierro tan fuerte que ni siquiera se logró calentar con todos los fósiles calientes que le introduje.
-Me explicó después con algo de nostalgia-. Además, estos últimos tampoco lograron calentarse mucho. Pues una gran nube gris ocultó parcialmente el sol esa mañana. Pero como la decisión ya estaba tomada, qué más da. Había que seguir. ¡Y ya ve usted!, No funcionó. -Me terminó de contar-.

Esto ya era inaudito. No existía explicación alguna para tan explícita evidencia de mala suerte colectiva. Dos lugares visitados en ésta mañana. Dos historias diferentes. Dos motivos distintos. Y sin embargo un final idéntico a todos los demás. Ningún final. Nada de nada. Entonces nuevamente decidí regresar a mi casa. A mi modesto cuarto. Con mi familia: con la cual me encontraba indispuesto, y ellos conmigo. Abrí la puerta con la misma parsimonia de siempre, solo que ésta vez con un poco de nostalgia. No saludé a la bonsai ni al gato y tampoco esperaba que me saludaran. Entré y me eché de una vez en mi cama. A los pocos minutos encontré el sueño total. Estaba muy fatigado. Aunque; a decir verdad, estaba más decepcionado con todos aquellos insulsos que lo intentaron y fallaron que cansado físicamente.

Al cabo de un par de horas, ya entrada casi la media noche, el gato me volvió a lamer como antes, solo que esta vez no fue en el rostro sino en una de mis manos. Como en los viejos tiempos. Y logró despertarme. Entendí este nuevo gesto como una señal de conciliación y de urgencia para limar asperezas entre nosotros. De modo que le hice caso a su noble gesto animal y me paré de la cama enseguida. Enseñándole de mi parte una sonrisa medio tonta. Me acerqué con antojos y hambre hasta la pequeña nevera. Husmeé y logré ver en el fondo de la nada una pequeña bolsita con fresas viejas. Las fresas fueron el pretexto y el aliento para contarle a mi familia, a esa hora de la noche, las nuevas andanzas del día; y sobre todo, las nuevas historias que terminaban exactamente en lo mismo. En nada.

Mi gato: como felino noctambulo, fue el único, que muy presto, me escuchó ese día hasta muy avanzada la noche. Pues la bonsai a duras penas se percató que yo ya me había despertado. Pero mi gato lastimosamente pronto perdería la gracia de animal nocturno y con un aburrido maullido y una echadota de panza en el sofá me hizo comprender que mis historias sobre intentos de suicido ya eran el cuento de nunca acabar. Que ya me tornaba intenso y poco divertido. Así lo entendí cuando noté que ya llevaba cerca de cuarenta y cinco minutos conversando solo. Pues el gato se había quedado dormido. Por lo menos así lo supuse después de que no le volví a escuchar ni siquiera un perezoso maullido. Y por su parte la bonsai con sus ramas escondidas y encogidas parecía haber hecho también lo propio: dormirse, inclusive desde antes de que el gato me despertara.
A la mañana siguiente me desperté solo. El gato no me hizo ninguna gracia particular para despertarme. Ese nuevo día a duras penas alcancé a cepillarme los dientes. Salí muy rápido de la casa. De mi cuarto. Alcancé a pronunciar un par de palabras antes de cerrar por completo la puerta: -¡Hasta la tarde o la noche!-

Era evidente que aún no me pensaba dar por vencido. Está vez si tenía más fe en la idea de encontrarme con la historia afortunada que termine en suicidio comprobado. A pesar de las noticias poco alentadoras de los últimos días, no pensaba desfallecer tan pronto en mis intentos. Y a pesar también de que la idea inicial de mi incesante búsqueda, en primera instancia, era tener ideas, ejemplos y noticias sobre el suicido, que me pudieran ilustrar frente al tema, pronto mi interés se volcó con la idea de encontrar un caso fatídico y verídico de suicidio. Aunque fuera uno solo. Ahora pensaba que al dar con un caso de estos en el pueblo yo dejaría de sentirme avergonzado de mis raíces. De mi propio pueblo. De mi propia gente. Y así, sin la menor duda, podría tranquilamente ejecutar el mío. Y, quizá, empezar de esta manera con una nueva tradición de suicidas victoriosos. Pues ejemplos eran lo que ya me sobraban. Pero ninguno concreto. Nada. No daba con ese caso fortuito. Pero tampoco pretendía desistir así como así en mis intentos de hallarlo.
Al igual que las dos veces anteriores, intenté comenzar a visitar lugares que en ningún otro momento de mi vida me había permitido visitar. Ya había pasado por la iglesia, la alcaldía, un billar, una gallera, un museo y hasta un revolcado taller de bicicletas. ¿Qué más podría faltarme? Si es que esos son, a rasgos generales, los lugares más significativos del pueblo donde vivo. Pero nada. No se me venía nada sorprendente y nuevo a la cabeza. Parecía que todas las posibilidades de nuevos lugares donde encontrar mis historias ya estaban inexorablemente agotadas.
Desalentado me detuve un momento en el parque, como queriendo tomar aire. Totalmente desorientado. No sabía a donde más acudir. Entonces; mientras observaba todo el parque, en plano general, como haciendo un paneo de trescientos sesenta grados con mi mirada, observé al viejo Calisto caminar por la mitad de la alameda del parque. Debajo del brazo, sujetando con su mano, llevaba algo muy parecido a una moneda gigante. Inmensa. Yo sabía perfectamente que no lo era. Pero como no tenía certeza de qué clase de objeto era ese que llevaba consigo, me acerqué con tonta curiosidad hasta lograr interceptarlo en su trayecto por la alameda del parque. Le pregunté qué era lo que cargaba debajo de su brazo. Y él, con mirada subestimada y ademan de infinita superioridad, me dijo que era un carrete para cintas de película. El cual se adaptaba a un proyector que transfería posteriormente una imagen a una pared blanca, a oscuras, en un teatro. Se le llama cine, replicó con sobrada voz.

Sin vacilar un solo momento comencé a seguir los pasos hacia donde él se dirigía. Por el camino algunos datos personales salieron a relucir entre frases sueltas y distraídas. Fue así como me enteré que el viejo Calisto era aficionado desde hace muchos años al cine. Que de vez en cuando proyectaba en el salón comunal del pueblo algunas películas que a lo largo de su vida y de su afición había logrado comprar, incluso sacrificando algo de pan para su propio estómago. Todas las películas son en blanco y negro. En su mayoría son clásicos del cine Mexicano. -Me mencionó con cierto aire de erudito cinéfilo-.

Ya en el salón comunal, observándolo manipular ese artefacto, lo sorprendí con mi pregunta: fría y tajante, sobre el suicidio. ¿Don Calisto, conoce usted sobre alguna historia que tenga que ver con el tema del suicidio? Por un momento detuvo el cacharreo con el proyector de las películas y se acongojó. Sus ojos de repente se tornaron como las imágenes de esas viejas películas que él proyectaba: opacos y con una leve lluviecita que los empañaba. Comenzó a proyectar una película muda, o filme, como luego me enseñó, de ese cómico famoso que personifica a un borracho vagamundo que parece caerse a todas horas. De chistoso sombrero y bigote. -Cháplin, me dijo con aliento resignado-. Se sentó muy cerca de la pared blanca, en platea, y dándome la espalda me contó: con palabras entre cortadas por algunas tímidas lagrimas, que una vez había intentado suicidarse viendo días enteros, sin parar, todas las viejas películas que había logrado atesorar en toda su vida.
Me contó que había alcanzado a durar cinco días enteros, sin dormir, viendo películas. Que ya estaba a punto de morir con los ojos cuadrados, pues la idea era esa: no dejar que se le cerraran y morir de calambres en los párpados, viendo lo que más adoraba en la vida. Sus películas. Que había perdido ya la facultad de ver en policromía. Que todo era duo tonos. Y que hasta se sentía en medio de una de sus mejores escenas del cine mudo. Pero que para su desdicha, como sumada a la de otros muchos en el pueblo, a la quinta noche de su intento de suicidio una tormenta fuerte produjo un inesperado apagón; que terminó por interrumpir el fluido eléctrico que alimentaba al proyector de las películas. Así terminó su intento de suicidio. En nada y a oscuras.
Ya ni siquiera me asombraban estas absurdas coincidencias del destino. De repente empezaban a resultarme tristemente muy familiares. De modo que ya no me asombré como antes.

Con un par de pasos lentos y comprensibles me retiré esa mañana del salón comunal donde Calisto solía proyectar de vez en cuando algunos filmes. Me dirigí nuevamente hasta el parque central y volví a asumir esa cara parca y distraída que tenía al comienzo, antes de encontrarme con Calisto. Tuve antojos de volver a hacer el mismo movimiento de paneo, para verificar si de pronto algo se me había pasado en mi observación. O por lo menos para ver si se me ocurría algo mejor. Algo nuevo. Y nada. Nada parecía iluminar mi creatividad en ese momento.

Entonces elegí congelar la mirada en un punto distante y abstraerme totalmente de todo. Cuando transcurrió casi la hora. Me autodescongelé con una palmadita en mi cabeza. Evocando lo mejores días de niño en que jugaba con mis amigos a la lleva congelada. Descubrí, con un grito de Eureka, que aún en el pueblo quedaba un lugar significativo por visitar. Uno muy representativo. Uno que de seguro tendría otra historia. El viejo negoció de venta de dulces típicos del pueblo. En el cual yo trabajaba días atrás, antes de decidir renunciar por mi prometedora idea de buscar la forma más armónica y artística de adelantar mi propio suicidio.

Con algo de sonrisa infantil y de sorpresa por lo obvio, me puse en marcha hacia el negocio de dulces típicos. Cuando estaba enfrente del mostrador del negocio, doña Contratación: dueña y ex jefe mía, se apresuró para atenderme como a un cliente más. Supongo que por la fuerza de la costumbre. Al ver que era yo, se sonrojó y hasta se acomodó en su rostro, con ademan de vergüenza, el delantal blanco que usaba. Yo contesté a todas estas con una sonrisa fresca y sin la menor intención de permitirle cualquier pregunta sobre los motivos de mi renuencia al trabajo, la abordé enseguida. Doña Contratación: ¿alguna vez usted ha oído comentar alguna historia sobre el suicidio? -Pregunté-. Reaccionó con un pensativo silencio y parecía darme a entender que no. Entonces se acercó hasta una de las vitrinas. Corrió el vidrio de protección y sacó con calma un vasito pequeño de copa agurdientera que contenía la especialidad del negocio: arequipe de panela. Junto a la vieja caja registradora encontró paleticas pequeñas de madera. Tomó una paletica de madera y la untó de arequipe, mientras parecía que pensaba de nuevo en la pregunta. De repente soltó en carcajada. Una que yo nunca le había conocido siendo su empleado. Una que jamás le vi, ni siquiera en los mejores días de feria y de ventas. Eso sí que me asombró.

Cuando a fuerza de lo dulce que le resultaba el arequipe dejó de carcajéarse, me miró como nunca lo había hecho antes y con palabras gruesas y secas me dijo: he escuchado la historia de un muchacho, que vagamundea por todo el pueblo, con la idea de suicidarse. Tratando de perder la vida, de enloquecer su mente, a fuerza de cansarse de escuchar historias y más historias fatídicas que nunca llegaron a terminar en el inapelable desenlace de la muerte por suicidio. Para su infortunio y propia desdicha, estas historias se agotaron pronto. Como mis arequipes el día domingo. Algunos dicen que se le ve pasear por ahí, con delirio, cargando un marchito bonsai y un chandoso gato.