Escrito para ustedes el 21 octubre

Para cuando su cadera comenzó a contonearse en medio de la pista de baile, como esas palmas samarias castigadas por el viento enojado, la muchedumbre abarrotada y ebria trataba; con la extensión infinita de sus manos, de rozarla y amarla. De desearla y tenerla entre sus piernas como quejas y regaños, como odios y fastidios. Como amores turbios y perros. Ahí comprendí, debajo de todas esas luces psicodélicas, que toda mujer tiene tanto de puta como de diva, y mucho más de diva como de puta en la cama. De modo que así era ésta mujer que conocí aquella noche, más liosa que muchas otras: una mestiza exótica y sexy que se hacía llamar entre conocidos y desconocidos como Catalina, pero que de seguro; me lo parecía, tenía más de doña Victoria Duque que de la triste maraña de carne y lujuria que se vendía y exhibía como en una fama en día domingo de mercado.
El ritmo del son invitaba al unísono un par de gestos desinhibidos, una manoseada imprudente y hasta una mirada conquistadora. El humo artificial que lo empañaba todo como el más aberrante de los cómplices invitaba al encuentro furtivo y al silencio macabro de los cuerpos desnudos y desconocidos. Deseados y ajenos. Tristes y concupiscentes. Victoria o Catalina, ya ni sé, seguía flotando con magia en medio de la pista y de todos los rostros poseídos y desdichados que babeaban por una sola envestida de sus caderas ardientes. Era la Rosario Tijeras de todos. Se magnificaba en la pista y reclamaba con ritmía su trono de reina de la noche. De diva de las perdidas sin remedio. Era rosa en medio de un lodal, cantar de las ballenas en un bar hunderground. Y yo ahí: sin perderla de vista, con su trasero congelado en mi retina como un terror de media noche. La pesadez se mezclaba con el olor a cigarro junto con sexo del barato y sudado.
Ella de repente dejaba de bailar, de nacer y morir ante mis ojos, para caminar hacia mí con firmeza y distraída seguridad. Sus tacones parecían no resistir sus pisadas de puta y diva. Mi cuerpo parecía reclamar un aliento para romper el silencio de una música bastarda, medio ensordecedora. Ahí estaba. Ya la tenía frente a mí con su boca de orgasmo y sus tetas de porcelanicron, dispuesta a escuchar algo pendejo de mi parte que la hiciera poseerme. Pero no atiné a nada más ridículo que a recordar aquel mal nacido poema de Bukosky en que el azafrán supera al ajo por escasos dos grados de calentura al carbón. Entonces clavó una mirada de venganza en mi rostro y me dio la espalda en el acto, mientras su voz descargaba entre los dientes blancos, por el neón, una de aquellas frases malditas: pobre mal parido. Mencionó. Yo creí seguir escuchando de sus labios una proeza imaginada del señor Wilde, pero más que nada; seguí viendo a Victoria Duque, a la puta y a mi diva de dos pesos.